El peor día del viaje

Solo cuando terminó la película nos dimos cuenta de que el autobús llevaba demasiado rato parado. Alarmados, nos asomamos por la ventana, pero en la oscuridad de la noche boliviana éramos incapaces de distinguir nada, salvo el perfil lejano de las montañas recortado en el horizonte. La única fuente de luz que podía revelarnos algo era el parpadeo rojo de los intermitentes de emergencia. Mirando hacia el maletero lateral distinguimos un par de figuras moviéndose por la cola del autobús. Estábamos detenidos en medio de la nada y estaba claro que algo andaba mal.

Esta sería la guinda que remataría el peor día de nuestro viaje.

Lluvia en La Paz, Bolivia

El paso fronterizo entre Perú y Bolivia

El día de esa noche empezó algo nublado, pero con los ánimos bien altos. A las 7.30 de la mañana montamos en un autobús de la compañía Huayruro en Puno que por 16 soles más la consabida tasa de 1 sol de la terminal, nos llevaría hasta la turística ciudad de Copacabana, al otro lado de la frontera con Bolivia a orillas del lago Titicaca. Fue un trayecto cómodo y a las 10 y poco ya estábamos en el paso fronterizo de Kasani. Al llegar, nos hicieron bajar del autobús para hacer los trámites migratorios y luego volveríamos a montarnos al otro lado de la frontera para seguir con el viaje. Sin ningún problema nos sellaron la salida de Perú y nos sobró tiempo para cambiar algo de soles a bolivianos y para echarnos unas fotos con algunos símbolos importantes del país.

En la frontera entre Perú y Bolivia

Todo muy peruano: cerveza Cusqueña y la marca turística, ¡Solo faltaba una estatua dedicada a la Inca Kola!

Debido a la proximidad con Copacabana, este paso está bastante concurrido y tuvimos que esperar un buen rato haciendo cola bajo la lluvia. Antes de bajar del autobús, la azafata nos había pedido 2,5 soles para pagar unos formularios que debíamos entregar en la caseta boliviana y nos había asegurado que en cuanto los tuviera nos los traía. Pero pasaba el rato y ni rastro de la chica ni de los documentos. A medida que se acercaba nuestro turno en la ventanilla, nos fuimos mosqueando y mientras uno guardaba la tanda el otro salió a buscarla. Terminamos empapados y no conseguimos dar con ella: ni el chófer ni los otros viajeros la habían visto por ninguna parte. Al final, llegó nuestro turno y como no teníamos el formulario nos hicieron echarnos a un lado. ¡Al menos no nos obligaron a repetir la cola!

No fue hasta 15 minutos después y unas cuantas carreras más bajo la lluvia que encontramos a la azafata cómodamente apoltronada en un bar comiéndose unas patatas fritas. «Se me había olvidado» fue su única justificación. Profesional, muy profesional.

Puesto fronterizo de Kasani, en la frontera entre Perú y Bolivia

Esperando el dichoso formulario observamos el trato desdeñoso y arbitrario que dispensaban los policías a los viajeros. Detrás nuestro llegó un turista español al que sacaron de la fila por no haber presentado un documento presuntamente imprescindible que tenía que rellenar conforme no tenía ébola y del cual a nosotros no nos habían dicho ni palabra. Debido a algunas desagradables experiencias previas, cruzar fronteras nos pone bastante tensos y si a eso les sumáis el hecho de estar empapados, podéis imaginaros que nuestro humor había empezado a agriarse un poco.

Paso fugaz por Copacabana

Resuelto el trámite y con el sello en el pasaporte, montamos de nuevo en el autobús y en 15 minutos llegamos a Copacabana. ¡Por fin estábamos en Bolivia! La primera parada planificada en este país era Copacabana, donde teníamos la intención de zarpar a la Isla del Sol y hacer una caminata que nos habían recomendado encarecidamente. El agua corría a raudales por las calles y la previsión meteorológica auguraba lluvias para los siguientes días. En época de lluvias nunca se sabe como estará el tiempo en una hora, pero era evidente que con todo empapado y encharcado como estaba, ese día ya no podríamos hacer mucho más. Teníamos que tomar una decisión: quedarnos y esperar a que asomará el sol o subir al siguiente autobús y encaminarnos lo antes posible hacia la siguiente parada, Uyuni. La verdad es que el salar nos llamaba muchísimo y como en Sudamérica teníamos los días tan contados al tener ya el vuelo de salida, fuimos sobre seguro y optamos por comprar los billetes a La Paz.

A pocos metros del lugar donde nos había dejado el bus, había una oficina de la agencia Vicuña Travel donde decenas de viajeros se agolpaban resguardándose del agua, ateridos y replanteándose, igual que nosotros, los planes para los siguientes días. El señor de la oficina, abrumado por el tumulto, estaba muy nervioso y no dudó en levantarnos la voz cuando le dijimos que el precio que nos ofrecía por el pasaje a La Paz era superior al que teníamos de referencia y con gran desdén nos dio a elegir entre el billete o la calle. En otra situación hubiéramos optado por irnos, pero su transporte era el único que nos aseguraba llegar a la capital a tiempo para empalmar con el siguiente tramo, así que nos tocó tragarnos lo que nos hubiera gustado decirle y, aun sabiendo que era un cifra inflada, compramos los billetes por 30 bolivianos cada uno.

Llegamos a La Paz

El trayecto en bus tardó casi 5 horas, e incluyó el tramo que hicimos en barcaza para cruzar el estrecho de Tiquina. Llegamos a La Paz, capital boliviana, a tiempo de protagonizar la increíble hazaña de girar con un autobús en una rotonda en pleno centro: 15 minutos de caos circulatorio para contemplar decenas y decenas de ejemplos de manual de  «tonto el último».

La Paz, Bolivia

La rotonda del caos

El bus nos dejó frente a las oficinas de las agencias turísticas y, después de una ronda rápida por las distintas oficinas preguntando precios, volvimos a Vicuña Travel, la única que nos vendía el billete a Uyuni para ese mismo día por 220 bolivianos. Comprarlo allí fue un error cometido por las prisas y la desgana del momento, porque en la terminal de buses el mismo pasaje comprado directamente a la empresa lo hubiéramos sacado por 175. Pero la cuestión era que entre la lluvia, el trato recibido hasta el momento, el haber tenido que sacrificar Isla del Sol y las horas de autobús, estábamos algo apáticos y, como lo poco que habíamos visto de La Paz no nos había convencido, queríamos irnos cuanto antes. Todavía no sabíamos que lo peor estaba por llegar.

La Paz, Bolivia

Muchas agencias se encuentran en la calle Sagarnaga

Después de contemplar el penoso espectáculo en que la jefa de la agencia abucheó a su empleada hasta hacerla llorar, una novata que la había liado con el teléfono, nos fuimos hasta la cercana terminal de autobuses.  Justo cuando entramos a la estación, se puso a diluviar, pero por suerte, esta vez, nos cogió bajo techo y nos había dado tiempo de comprar agua, 8 bolivianos, y cena para los dos por 20 bolivianos.

La Paz, Bolivia

Calle de La Paz, con sus famosos cerros al fondo

Aunque la estación y algunos otros puntos emblemáticos de la ciudad presumen de wifi abierto y gratuito, la conexión que ofrecen es extremadamente lenta y tras intentarlo un buen rato nos fuimos a un cibercafé. Teníamos todavía un rato hasta que saliera el bus y llevábamos días sin dar señales de vida a la familia, así que por 1 boliviano nos sentamos ante un ordenador. Solo queríamos mandar algunos mensajes para explicar a los de casa los cambios de planes y nuestros siguientes pasos, pero lo que nos encontramos fue la noticia que no queríamos leer: una de nuestras abuelas había fallecido.

Escuchar eso fue un mazazo que nos dejó aturdidos unos minutos. Es cierto que era bastante mayor y que el último año había estado un poco apurada, pero no estábamos preparados para ello. Por muy previsible que fuera resultó muy doloroso. Un golpe inesperado que nos hundió en una tremenda tristeza acentuada por la frustración de saber que era imposible llegar a tiempo a casa para despedirnos. Hasta ese momento el día había sido cansado e incómodo, pero acababa de convertirse en el peor día del viaje.

La noche más larga

Así estaban los ánimos cuando nos dimos cuenta de que el autobús estaba parado en la cuneta. Imaginando que nos estaban robando las mochilas, Guillem se escabulló con cautela del autobús y se acercó a hurtadillas amparado por la oscuridad. En la parte trasera encontró a los dos conductores y a su asistente mirando fijamente el motor. «A lo mejor eso de ahí está roto» fue la sagaz observación técnica que anticipaba lo que nos venía encima. El autobús estaba averiado y no podríamos continuar. A partir de ahí empezó una noche loca en la que de alguna manera, quizás por la necesidad de distraer nuestras mentes, acabamos en la vanguardia de un motín provocado por la ineptitud y los engaños de los conductores.

Perdidos en medio de la nada, Bolivia

La estrategia inicial de los chóferes fue ignorarnos. Les hablábamos para que nos explicaran que sucedía y que pasaría, pero con una mirada vidriosa que delataba la razón del jolgorio que se escuchaba en la cabina al inicio del viaje, nos evitaban y se negaban a respondernos. Esta actitud esquiva nos crispó los nervios y cuando los encaramos directamente se nos encararon y empezaron a hablarnos amenazadoramente. Gran error por su parte, porque ese era el peor día para intentar amedrentarnos. Al ver que no nos intimidaban y que no íbamos a ceder, dijeron que habían llamado a la central y que en un par de horas vendrían a recogernos. Satisfechos con esta solución, volvimos a subir y nos fuimos a dormir.

Cuatro horas después, uno de los pasajeros nos despertó y comprobamos que seguíamos varados en la cuneta. La verdad es que no nos sorprendió nada descubrir que no se había hecho ninguna llamada y que el único plan que tenían los conductores era el de hincharse los carrillos de hoja de coca e irse a dormir a la espera de que el nuevo día les trajera una solución mágica y espontánea. La gente se había hecho a  la idea de que la parada era temporal, así que cuando se comprobó que tendríamos que pasar la noche entera allí, el ambiente a bordo empezó a caldearse. Hacía mucho frío y la mayoría de gente no había cenado, así que el estallido de rabia no tardó a producirse. Todo el mundo se sumó a una reprimenda colectiva, salvo los viajeros japoneses, que o tenían el sueño más profundo que hayamos visto nunca o no se daban por enterados de lo sucedido.

Enfadados decidimos incordiar a los conductores e impedir que volvieran a dormirse: si nosotros no dormíamos ellos tampoco. Fue exasperante enfrentarse a su palabrería hueca llena de excusas e ineptitud, aunque al verse avasallados al menos habían abandonado su tono chulesco del principio. Arrinconados en la cabina y sin más recursos, nos entregaron su teléfono móvil y hablamos directamente con el propietario de la empresa, otro inepto de cuidado, del que al menos arrancamos el compromiso de devolvernos el dinero al llegar a Uyuni. Con esta promesa  y tras jurar y jurar que a las 7 de la mañana nos recogería otro autobús, fuimos a descansar un rato más.

Perdidos en medio de la nada, Bolivia

Esa noche hizo mucho frío y al amanecer, el autobús estaba cubierto de escarcha

Durmiendo en el autobús, Bolivia

Illimani: el logotipo de la empresa lo dice todo, Bolivia

Un niño meándose en el nombre de la compañía y haciendo un «Fuck you«. Nunca un logo había descrito tan bien la filosofía de una empresa

Evidentemente a las 7 de la mañana no apareció nada, pero a esas alturas el enfado colectivo había derivado en una camaradería resignada y empezamos a reírnos de lo ocurrido. ¿Qué más podía pasar? Al final ya nos daba igual, cualquier giro que lo complicara más solo conseguiría profundizar la sensación de irrealidad e hilaridad generalizada. Al final llegó otro bus de la compañía y sobre las 9 emprendimos, al fin, el viaje hacia Uyuni. Nos habían rescatado, pero todavía teníamos por delante 8 horas más de camino.  Desde luego ninguno iba a olvidar el nombre de esa empresa: Illimani.

Perdidos en medio de la nada, Bolivia

Fue una mala experiencia en el peor de los días, pero la verdad es que un problema tan trivial como una avería en medio de la nada con unos conductores ineptos, fue lo mejor que nos podía suceder para mantener la mente alejada de la cuestión más triste y dolorosa. Siendo positivos, nos queda el consuelo de habernos podido despedir de la abuela como merecía. Cuando emprendimos el viaje sabíamos que algo así podía ocurrir, y por eso antes de irnos fuimos a verla sabiendo que esa podría ser la última vez. Aunque duele mucho afrontar un trago así estando tan lejos de casa, sabemos que hasta el final ella estuvo contenta de saber que estábamos cumpliendo nuestro sueño.   

10 comentarios

  1. Viajar code: Verónica

    Primero: Lo siento mucho! Aunque fuera una pérdida «previsible» uno no acaba de preparase creo yo. Y sigue doliendo. Así que un abrazo pareja!
    Como decís, seguro que se quedó feliz de que viváis la vida, porque para eso hemos venido ¿no?

    Y bueno, menudo día!! madre mía!! yocreo que si Jordi le toca un día así pilla maleta a casa xD
    Los Japos…pues o dormían de verdad (que capacidad tienen! en serio !) o tiraron de su protocolo de no crear follones…no se…

    bueno, espero que tras ese mal día volváis a relatarnos buenas experiencias que compensen ese mal trago.

    un abrazo!

    • Guillem&Alexandra

      Yo creo que lo de los japoneses era por cortesía o por no hacer alboroto porque alguno se revolvía en el asiento o veías que estaban despiertos, pero no hacían nada. La mayoría del pasaje era de Sudamérica, así que entre ellos y nosotros debíamos ser excesivamente escandalosos para su gusto.

      Lo de la iaia fue un mal trago y aunque duele mucho nos quedamos con lo positivo: no nos cogió por sorpresa, así que tuvimos la oportunidad de despedirnos de ella. Aunque era sufridora estaba muy contenta con nuestros viajes, así que con eso vamos a seguir 🙂

  2. Gloria @NomadicChica

    Que lástima lo que les sucedió y lamento no hayan podido estar con su abuela, de seguro está feliz con ustedes cumpliendo sus sueños. Estas cosas, lamentablemente suceden muy a menudo en Sudamerica! y el logo de la empresa…para la risa! Buen relato!

    • Guillem&Alexandra

      ¡Muchas gracias por tus ánimos Gloria! Que se estropeara el autobús al final fue lo de menos, pero era lo último que necesitábamos en un día como ese. Y si, lo del logo de la empresa es surrealista ¿En qué momento alguien creyó que eso resultaba profesional?

  3. jordi garcia

    Quan sigueu més grans us fareu un far de riure d’aquesta experiència

    • Guillem&Alexandra

      Aquella mateixa nit tot plegat ja ens semblava tan surrealista que ja ens en reiem 🙂 Una abraçada molt forta des de l’altra punta del món Jordi!

  4. Ahora toca viajar (Cristina)

    Aventuras surrealistas como estas hacen que viajar y conocer mundo tenga más sentido.
    Por Centroamérica también hemos vivido momentos surrealistas, creo que cada vez más nos vamos acostumbrando a lo impredecible, hasta que no llegamos al sitio no cantamos victoria. El transporte es lo pero, pero a la vez es divertido y puedes interactuar con la gente.

    Pasado un tiempo, explicaréis esta aventura y creo que os hará gracias y lo contaréis con una sonrisa de oreja a oreja.

    El tema de los abuelos durante un viaje así siempre es delicado, en mi caso, mi abuelo murió antes del viaje, aunque él ya sabía que emprenderíamos este viaje, y la otra abuela sólo piensa en el día que lleguemos, pero es feliz al vernos felices. Ellos estén donde estén seguro que viajan con nosotros.

    Un saludo muy fuerte desde El Salvador.

    • Guillem&Alexandra

      Tienes toda la razón Cristina: son las pequeñas historias como esta las que terminan convirtiéndose en las anécdotas más divertidas del viaje. Aunque cuando las vives no te hagan tanta gracia, hay que saber coger un poco de distancia e intentar aprovechar la ocasión para, como tu dices, interactuar con la gente y aprender.

      Los abuelos son siempre un tema muy delicado cuando se decide emprende un viaje largo. Hay que ser consciente de que un año o unos meses para ellos pueden ser mucho tiempo y por eso hay que aprovechar al máximo todo el tiempo que pasamos cerca suyo. Se que cuando se fue apoyaba nuestro sueño y se alegraba mucho por nosotros, aun con toda la tristeza que nos produce me quedo con sus palabras de ánimo 🙂

  5. Jordi

    Me ha gustado vuestro relato. Entrasteis con mal pie en Bolivia, en ese país yo tuve los mejores días de mi viaje, pero también el peor tras sufrir un accidente de bus que por caprichos del destino no fue muy grave y en el que vivimos esa actitud que apelabas de desinformación, pues tras el accidente estuvimos 7 horas tirados en la cuneta sin saber nada…ese tipo de cosas a veces nos cuesta aceptarlas debido a nuestra vara de medir, a nuestro nivel de exigencia y expectativas, pero cuando viajas por ciertos lugares hay que entender que ante cualquier situación las cosas no funcionan como en casa, y, en muchas ocasiones no podemos esperar una atención o servicios del «nivel» que esperaríamos…

    • Guillem&Alexandra

      Es muy interesante el concepto que planteas de «distintas varas de medir», porque aunque siempre lo tengamos en mente, a menudo caemos en la simplicidad de creer que es un baremo para medir desarrollo tecnológico o para juzgar infraestructuras cuando realmente se trata de algo culturalmente más arraigado. Hay que aceptar e intentar aprender de estas situaciones porque aunque a nosotros nos parezca un mal servicio, para ellos es, sencillamente, el servicio y estando en su casa no podemos permitirnos la prepotencia de juzgarlos como de un «nivel inferior» solo porque no es lo que esperamos o deseamos. Este es un tema que tiene miga eh?

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