Desde pequeño he sido un enamorado de los animales. Esto es así hasta el punto de que si veo un documental de la 2 automáticamente, y al contrario de lo que le sucede a la mayoría, soy incapaz de dormirme. Me da igual si se trata de «Los leones de Ethosa» o de cualquier otro documental. Me gustan los animales. Incluso me gustan los ñus, aunque siempre que veo que aparece en pantalla empiezo a contar internamente para ver cuantos segundos sobrevive hasta que el cocodrilo de turno lo devora. No soy muy sabio pero una cosa si que he aprendido viendo documentales: si un ñu se acerca a un río de aguas turbias, muere. Si el ñu pasta alegremente por la sabana, muere. Si un pequeño ñu trota despreocupado por la llanura, muere. Esto es así, verdad absoluta y no se le puede hacer nada.

En ese intento de urbanita de llamar la atención de los animales que encontraba en mis viajes empecé una serie de fotografías que titulé «Yo dándole de comer a los animales» y por ahora, he tenido la oportunidad de enfrentarme a la fría y calculadora mente de las ardillas londinenses, a la condescendencia de los monos del Atlas y a la astucia de los patos islandeses. Mi intención, ahora que salgo al mundo, y que tendré la oportunidad de encontrar nuevos animales es la de conseguir el máximo número de fotos para darle cierta consistencia a mi álbum.

01. Ternera. Büyükada (Turquía). Lo bucólico pastoril de la foto no refleja la tensión provocada por la vaca madre que no nos quitaba el ojo de encima